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Siempre había amado viajar. Apenas aterrizaba en México y mi mente ya estaba planeando el siguiente destino. Viajar era parte de quién soy. Sin embargo, hubo un momento en el que esa motivación se apagó.

El trabajo, las responsabilidades y la vida diaria me hicieron pensar que no era el momento adecuado para viajar. Había gastos, compromisos y mil razones para postergar la siguiente aventura. Pasaron un par de años así, hasta que este viaje —sin saberlo— me cambió.

Cuando nunca parece el momento perfecto para viajar

Meses antes había quedado de encontrarme con mi hermana en España para acompañarla a un evento. A una semana de salir, lo único que tenía era el vuelo a Madrid. Nada más. No había definido destino, ruta ni plan.

Pregunté a varias amigas si querían acompañarme, pero las respuestas fueron las mismas que muchas mujeres conocemos bien:

  • “No tengo dinero”
  • “No puedo ir tantos días”
  • “Tengo muchísimo trabajo”

La realidad es que yo tampoco me sentía del todo cómoda gastando en un viaje. Estuve a punto de cancelarlo. Hasta que un amigo me dijo algo que se me quedó grabado:

“Nunca va a ser el momento perfecto. Siempre va a haber trabajo, siempre va a haber otros gastos. Vete. Desconéctate. Haz recuerdos lindos.”

Y tenía razón.

Descubriendo la Costa Azul, más allá del glamour

Empecé a revisar el mapa de Europa. Italia fue mi primera opción: conocida, fácil, cómoda. Pero alguien me insistió:

“Vete al sur de Francia. Te va a gustar mucho más.”

Al principio dudé. Cuando pensamos en la Costa Azul, lo primero que viene a la mente es glamour, lujo, alfombras rojas y yates. Pero al investigar más, descubrí que la Riviera Francesa es mucho más que eso: pueblos con alma, paisajes mediterráneos, cultura, mercados locales, historia y una forma de vida pausada y elegante.

Así fue como decidí viajar sola a la Costa Azul.

Menton: el lugar perfecto para desconectarme

Volé a Milán y tomé un tren hacia mi primer destino: Menton. No era un lugar que conociera, pero fue justo lo que necesitaba.

Menton tiene una fuerte influencia italiana, edificios de colores, vistas infinitas al Mediterráneo y una energía tranquila. Caminé sin rumbo por sus callecitas, visité el mercado local, probé comida típica y pasé horas simplemente sentada frente al mar.

Ahí entendí que no siempre viajamos para hacer, sino para sentir.

Èze: vistas que te recuerdan lo pequeño (y lo afortunada) que eres

Desde Menton hice una excursión al pueblo medieval de Èze. Recorrí el jardín exótico y me quedé sin palabras frente al azul intenso del Mediterráneo.

Pasé el día entre boutiques, galerías de arte y calles de piedra. Es uno de esos lugares que te obligan a ir despacio.

Cannes como base: seguridad y comodidad viajando sola

Después continué mi ruta hacia Cannes, donde me hospedé el resto del viaje. Aunque muchas personas recomiendan Niza como base, yo elegí Cannes porque, viajando sola, me sentí más segura caminando de noche, además de muy bien conectada para recorrer la región.

Desde ahí visité Antibes, Grasse, Mónaco, Niza y Villefranche-sur-Mer.

Cada lugar tenía su propio encanto, pero algo se repetía en todos: gente abierta, amable, interesada en compartir historias, recomendaciones y conversaciones espontáneas.

Viajar sola no es estar sola

Lo especial de este viaje no fueron solo los paisajes o los pueblos. Fue reencontrarme conmigo misma.

Viajar sola por la Costa Azul me recordó que viajar no es huir, es volver.

Volver a lo que te mueve.

A lo que te inspira.

A quién eres cuando estás en calma.

Entendí que muchas mujeres sienten ese mismo miedo: esperar a que todo esté “en orden” para darse permiso de viajar. Esperar a tener tiempo, dinero, compañía perfecta.

A veces no se trata del destino, se trata de atreverse

Hoy sé que este viaje sembró algo más grande: el deseo de compartir estas experiencias con otras mujeres. Mujeres que dudan, que posponen, que sienten que no es el momento… pero que en el fondo saben que necesitan ese viaje.

Por eso creo profundamente en los viajes diseñados para mujeres: porque no solo recorremos lugares, creamos conexiones, nos acompañamos y nos damos permiso.

La Costa Azul fue el escenario.

El verdadero viaje fue hacia mí.

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